Comienzo aquí una nueva etapa en mi faceta de escritor. Llevo muchos años escribiendo de manera más o menos formal. De pequeño hice alguna pequeña incursión en el relato novelado. Sólo unas pocas páginas, con más ilusión e ímpetu juvenil que talento. Después, por mi trabajo, me ha tocado escribir muchos, muchos tochos, pero la gran mayoría infumables para casi cualquier humanoide: temas muy técnicos y muy especializados. Tengo en mente algunas ideas para algunos relatos cortos, que no llegarán a tener la entidad de novela, pero nunca encuentro el momento para empezar.
Todos tenemos vocación para escribir. Muchísima gente no llega a hacer nunca caso a esa vocación, o porque les da pereza, o porque les da vergüenza, o simplemente porque el día a día les adelanta por la derecha y no les da tiempo a hacer caso a lo que llevan dentro. Hay otros muchos que sí que se dan cuenta de esa pulsión y la expresan como pueden, aunque sea sin llegar a hacerlo de la forma oficial (publicando libros). Hace unos años, se cogía un cuadernillo y se empezaba a garabatear las ideas. Recuerdo haber leído una obra de teatro escrita por mi bisabuelo, a máquina, en unas cuantas cuartillas. En la actualidad, tenemos muchos más medios para liberar nuestra verborrea. Desde las parrafadas que soltamos en Whatsapp, pasando por las participaciones en los foros de internet, hasta los blogs en los que ya se articulan las ideas con un poco más de estructura.
Sigue existiendo la fantástica figura del escritor que publica sus libros. Gente con talento para narrar historias, que consigue hacerlas llegar a un editor arriesgado y que, juntos, se lanzan a la aventura de la publicación. Autores que, con un poco de suerte, consiguen ganarse la vida escribiendo. Autores que, con un poco de suerte, llegan a producir una obra que pervivirá por generaciones. Autores que, con un poco de suerte, consiguen un poquito de inmortalidad.
Pero vamos a comentar la profesionalización de la escritura. Voy a dejar de lado el trabajo de los periodistas de noticias, que siguiendo un código ético impuesto por su carrera y un libro de estilo que les impone su editor, intentan reflejar los sucesos y los hechos de la actualidad. Labor bastante difícil. Por eso nunca me ha gustado mucho la profesión del periodismo. Lo primero, porque es complicado apartar la subjetividad de cualquier cosa que estés narrando. Y luego, porque el periodista no tiene la formación ni los conocimientos para entender, y menos explicar, todo lo que sucede en el mundo. Los periodistas, al final, saben un poco de todo y no saben mucho de nada. Por mucho que se vayan especializando en temas concretos, no pueden ejercer la labor de expertos en un tema. ¿Quién es experto en un tema? El que dedica toda su vida profesional a ese tema. Y, aún así, ese experto no tendrá la verdad absoluta sobre ese asunto, seguro que hay algún otro colega que puede rebatir sus argumentos y plantear otra verdad diferente.
Pasamos, entonces, a los periodistas de opinión. ¡Qué peligro tienen éstos! Aquí ya no se usa el código ético, se defienden ideas o ideologías según los intereses del medio. Los medios de comunicación (ya sean audiovisuales o de prensa escrita) son herramientas de poder. El poder se reparte entre muy pocas manos (y sobre esto nos podremos extender otro día). Entre pocas familias, hay un reparto de tejemanejes por el cual yo tengo unos capitales aquí, tengo unos intereses allá, ahora te hago este favor y luego me acordaré de tí cuando tenga que montar no se qué. El caso es que, de forma directa -por aportación de capital- o de forma indirecta, los grandes medios de comunicación nacionales tienen sus intereses. Y, normalmente, a esos intereses les interesa (valga la redundancia) formar una opinión entre sus lectores / espectadores. Tradicionalmente esto no ha tenido ningún problema. No había mucha diversidad de medios, incluso en algunos casos había un monopolio que apenas se discutía. Pero ahora la competencia es feroz. A finales del siglo XX, en España, hubo una explosión de periódicos, emisoras y cadenas de televisión. Pero hemos vuelto, en pocos años, a una concentración de grandes grupos de comunicación. Se podría decir que cada una de esas grandes empresas tiene una ideología política y por eso apoyan a unos u otros partidos políticos, pero yo no lo tengo tan claro. A mí me parece, más bien, que los partidos políticos son marionetas de las grandes familias del poder, y que las pocas decisiones que les permiten a los partidos vienen teledirigidas desde otros despachos que no son los suyos. Pero he vuelto a divagar.
En esta situación actual de los grandes grupos de comunicación ha surgido un fenómeno que es muy curioso. Se ha cambiado el modelo de influencia en la opinión pública, alejándose del tradicional método de las páginas de opinión de los diarios. Ahora, los grandes grupos de comunicación poseen al menos dos grandes cadenas de televisión generalistas. Podríamos simplificar diciendo que ponen a una de las cadenas de un «color» y a la otra, del «color» contrario, para contentar a distintos públicos y captar todo tipo de audiencias. Voy a poner el ejemplo evidente de A3Media, que tiene una Antena 3 más conservadora y una Sexta más progresista. Pero esto no queda aquí. En ambas cadenas, en los programas de opinión o debate, invitan a personajes de todos los espectros políticos, para que se genere más enfrentamiento y más ruido. Yo observo (quizás esté equivocado y sólo sean especulaciones mías) que los invitados del «color» opuesto al de la cadena suelen ser más «Mortadelos», más histriónicos de lo normal… caricaturas de la opinión contraria a la que se quiere asentar. De esta forma, el espectador se divierte con el debate y sale con la ventaja moral de que los suyos han ganado la discusión de una forma mucho más civilizada. En fin, estas son mis elucubraciones. Pero no nos despistemos, el grupo de comunicación lo que quiere es ganar más dinero vendiendo anuncios.
Después del repasito a los periodistas de opinión ideológica, me gustaría hablar de los opinadores de columna. Y aquí abrimos el espectro y dejamos entrar a intrusos que no han estudiado la carrera de periodismo. Esto tiene una larga tradición en la prensa escrita. Llenar de contenido un periódico ha sido siempre una labor difícil (y si no, que se lo pregunten a los becarios que tienen que trabajar en verano en las redacciones de los diarios). Con lo cual, había que buscar autores de relleno. Se inventaron las «Cartas al director», sección con la que ya se cubría una página. Esta sección tiene su encanto, sobre todo cuando transcurren unos años y la relees desde la distancia del tiempo. Aparte de otros contenidos de relleno (clasificados, esquelas y, por supuesto, publicidad), había que darle un poco más de sentido al periódico, y se invitaba a personajes de renombre a publicar sus escritos. Los políticos, en cuanto tienen una pequeña oportunidad, aceptan encantados. Qué mejor que una tribuna de tanta difusión para liberar de nuevo su argumentario. Algunos académicos, encantados de leerse a sí mismos, también tienen siempre algo preparado sobre lo que disertar. ¿Y por qué no pagamos algo a algún escritor o famosete, para que nos escriba algo todas las semanas? Y aquí llegamos a los OPINADORES.
A este tema le vengo dando vueltas desde los tiempos de Paco Umbral. Así que fíjense las vueltas que le he dado, lo que ha llovido desde entonces. Paco Umbral (algunos le decían y le siguen diciendo el gran Paco Umbral…) escribía una columna de opinión en El País. Yo solía leer El País, además de otros periódicos, y solía leer su columna. Y recuerdo pensar: «¿Pero qué coño díce este tío?. ¡Y todas las semanas con alguna chorrada nueva!». No recuerdo, para nada, los contenidos o sobre qué opinaba, pero sí recuerdo esa sensación de decir: «A este le han pagado por escribir 400 palabras y ha empezado a divagar con el único objetivo de llegar a ese número de palabras…».
Muchos opinadores continúan vagando por la prensa escrita de nuestros días. Con lo mal que está, la pobre. Tenemos a autores que han triunfado decentemente en la venta de libros y se entretienen con columnas o páginas de opinión semanal, algunas veces dejándonos pequeñas joyas literarias, porque realmente escriben bien. No creo que lo hagan por dinero; en estos casos, yo creo que es más por satisfacción de su ego. Pero lo que me da pena es ver a una de estas figuras escribir un bodrio de página porque están comprometidos a hacerlo todas las semanas. Los editores tenían que darles permiso para descansar algunas semanas, la creatividad y las musas a veces no están disponibles en todo momento y yo preferiría que se ahorraran el trago de tener que cumplir con un artículo ordinario -en todo el sentido peyorativo de la ordinariez-.
Luego nos encontramos con escritores que tuvieron un pequeño momento de gloria, quizás ganaron algún premio literario con sus óperas primas, y después se quedaron pululando por el pequeño universo de los opinadores. Éstos sí que lo hacen por dinero. Por lo mismo que, en cuanto pueden, acuden a un plató de televisión a cobrar otro bolo. La mayoría de las veces -quizás ellos no se dan cuenta- ejerciendo el papel de «Mortadelo», de caricatura de la opinión contraria que yo mencionaba anteriormente. O, simplemente, para generar ruido en el debate: ahora está muy de moda que en los debates televisivos todos se atropellen y no dejen hablar a sus compañeros de discusión. Estos opinadores de segundo nivel lo tienen más difícil para sorprendernos con artículos interesantes. Su talento es más limitado que el de los escritores de best-sellers y lo tienen mucho más agotado.
Nos topamos también, leyendo periódicos y suplementos semanales, con otra especie más baja de opinador: profesionales famosillos que han hecho algo interesante en su vida (locutores de radio, cocineros, deportistas), a los que un día les dio por escribir. Ojo, esto no me parece mal, cualquiera tropieza en ese pecado, hasta yo mismo. Pero algún editor, amiguete, vio la oportunidad de rellenar su publicación y les ofreció «¿por qué no me haces una página cada semana?». El ego del opinador se infla, también su cartera, y ya la hemos liado. Alguna semana puede sonar la flauta y aparecer la inspiración para escribir algo decente. Pero la mayor parte de las veces, el pobre opinador no tiene más remedio que recurrir a viejas anécdotas, a recuerdos de viajes o a homenajear a algún otro famosillo; se infla esa semillita por medio de polvo y paja y ya tenemos el artículo… hasta la semana que viene. El pobre opinador ha salvado la papeleta, el pobre lector se va cansando cada vez más de que le tomen el pelo. Hasta ahora no lo había escrito en estos términos, pero con estos opinadores sí que me viene a la cabeza la expresión de «la prostitución de las letras».
Lo dejo aquí, de momento. A todos los aguerridos lectores que hayan alcanzado este punto, les doy mi enhorabuena y mi agradecimiento. Volveré de nuevo a este medio, para liberar un poco mis opiniones; está bien darles rienda suelta de vez en cuando. Y no será porque alguien me pague por hacerlo, sino ¡porque me apetece!